martes, 20 de septiembre de 2016

Uno tarda su propia vida en comprender que ya no le aman

Uno tarda su propia vida
en comprender que ya no le aman.

Cuando por fin lo entiende entonces ya es tarde,
los puños se destensan,
el nudo se afianza y se acomoda,
el tiempo pasa lento como el vuelo de esos pájaros
que ya no llegan
y la vida parece un otoño que no termina de romper.

He de aprender a seguir, me repito,
tras esta barrera de barro y recuerdos.
He de hacerlo, me digo,
con las manos llenas de años.

No lo estoy haciendo mal, amor.
Mi madre me ve reír,
me dejo abrazar por el sol de la calle,
pienso en el mar a cada instante, pienso en él cuando me ahogo
y respiro, intento respirar, trato de controlar
el aire que me falta a veces
y otras veces lo consigo,
y pienso que te gustaría saberlo.

Sin embargo,
aún me asusta hablar de ti,
ponerte en boca de otros
y no tener ya ganas de besarla.

Estoy rota por dentro y no lo oculto.
Sé que pasará un tiempo hasta que puedas abrazarme
y no se te claven mis pedazos,
esta parte de ti hecha añicos aquí dentro.

Poco a poco voy comprendiendo este peso,
esta carga de nostalgia tremebunda que nadie logra sostener,
esta tristeza que tú entendiste y acariciaste
hasta que te miró de frente y la soltaste.

No te culpo,
es importante que lo sepas,
me hiciste dormirla durante tanto tiempo
que sigo creyendo que fuiste un milagro aunque ya no crea en la fe.

Sé que mi risa es una meta y mi tristeza el camino,
sé que ambas volverán a partir el mundo de alguien en dos,
pero ahora solo necesito cuidar de mí misma
y dejarme en las manos del tiempo que me acompaña siempre.

Porque a veces me río, amor,
y me acuerdo de ti
y pienso que te gustaría saberlo, que lo echarás de menos,
y entonces un pájaro se para en mi alféizar y me tiende un ala.

lunes, 4 de julio de 2016

El vuelo venció al viento.

No voy a decirte entre palabras
lo que se suele, en estas ocasiones:

que estaré bien, que el dolor
solo será un ave de paso,
que pronto dejará de importar
que alguien sople sobre
tu herida abierta
y sobre mi nombre agrietado,
que mataré al que te remate,
que me haré a un lado y dejará de llover
en tus caminos, y dejarás de caerte
en mis vacíos,
y volverás a ser la dueña de todas las montañas.

Sé que una vez fui suficiente
y ocupé todos tus paisajes.

Sé que me sacaste del agujero y me
llamaste luz
–con estas mismas manos
con las que hoy me devuelves–.

Sé que jugamos a ser
ciegas y supimos volver a casa,
y nada entonces sería capaz de derrotarnos nunca,
pensamos,
ciegas de amor y borrachas de fuego.

Sé que otra casa te habitará y no será
mi abrigo el que descuelgues.
Sé que mi llanto pronto dejará de tener nombre de mar
y este abecedario nuestro se descolgará de las paredes.

Sé que me esperaste
inmersa en tu reloj y en tus deseos,
y no me concediste ni un segundo
cuando el tiempo me adelantó.
Sé que no aparecí,
sé que ya no estabas detrás de la puerta.

Sé que me colocaste enfrente,
que quisiste volver antes de irte,
que te paralizó el miedo
y no supiste hacerlo.

Sé que me fui
antes de ver cómo no volvías,
como también
sé que el vuelo venció al viento.

Sé que no seré capaz de decirte nada
porque me duele esta voz
que ya no te nombra de la misma manera.

Sé que no seré capaz de ponerme delante
porque siempre antepuse tus pies a mi camino,
porque siempre he amado tu manera de andar por el mundo:
libre de obstáculos,
libre de caídas,
libre de suelos —dos centímetros por encima del aire—,
libre, ahora, de mí.

Sé que te echaré de menos con los huesos
y el silencio,
que le hablaré a un fantasma de tu carne
hendida en las sombras,
que recorreré con estos dedos desgastados
la silueta de tus huellas,
que no encontraré respuesta a mi pasado
y que nadie sabrá, como hacías tú,
calmar este pinchazo y llevarme al mar en un espejo.


No será tan distinto amarte y olvidarte,
no lo será.


Sé que pronto dejará de pasar nada,
que este mar me traerá las mismas olas,
que estas malditas palabras ocuparán cada frase
y pronto no tendré nada que contar
que no hable de esta soledad obligada,
de este agujero inesperado,
de este abandono tuyo tan frío y distante,
de este dolor que me encierra con llave el alma,
de este vacío irreparable donde ya no cabe nadie.

Pero no,
no voy a decirte lo que todo el mundo ya sabe.

La única manera de vaciarse de amor
es llenándose de silencio.


jueves, 9 de junio de 2016

Voy a prenderte fuego.

Voy a prenderte fuego.

Pero no, no será ese fuego nuestro
que nos calentaba las manos en las tardes eternas
ni tampoco ese que nos prendió el cuerpo
en aquel septiembre y excusó el frío.

No será el fuego en el que ardimos juntas
como los deseos en papel
ni aquel que marcó siempre nuestra vida
y ahora escondo en mi espalda para no ver la cicatriz.

De ese fuego ya no queda nada, no,
si acaso un recuerdo futuro que jamás tendrá nombre,
polvo que me ensucia las manos secas,
el dolor de las manos sumergidas en el agua helada.

Voy a prenderte fuego
en este infierno de llamas congeladas
solo para ver, mi amor,
quién de las dos se consume antes.


martes, 24 de mayo de 2016

El tiempo en un reloj de arena.

Quisiera huir ilesa del espejo
roto,
ser el pulso que descansa en la almohada
blanca,
llamarte sin miedo a que no lo cojas
nunca,
mirarme desde cerca y encontrarte
lejos.

Quisiera perder el miedo a este miedo
intacto,
sacar corazón y guardar bandera
al otro lado,
decir alto tu nombre y no encogerme
asustada,
pensarte como sueño y no una trampa
injusta.

Pero mis manos se abren y no hay nada:
solo arena que se cae por mis dedos,
temor a no volver a ser quien era,
como el tiempo en los relojes,
como tus besos en este desierto
de sed.

Y con la valentía de un pájaro
herido
escojo quedarme y esperar:
me resisto porque tu hueco es un precipicio
y mis alas necesitan descanso.

martes, 17 de mayo de 2016

El desierto de mi isla

Soy una isla.

Todos quieren llegar,
traerse un libro,
algo de comida
y un amor.

Imaginan los árboles,
piensan en el mar que no se vacía,
son capaces de tumbarse sobre
mi arena
y dejarse ser por completo
porque es terriblemente sencillo:
en mí no existen los espejos,
cuido con esmero la contracción del paisaje,
acaricio el pasado y los errores ajenos,
marco el camino y no el tesoro
y me mantengo siempre estática,
sin hacer ruido, sin causar peligro,
esperando el golpe con las palmas abiertas.

Es fácil querer llegar.
Querer quedarse es igual de fácil
que ahogarse en una gota
de agua.

Es así: todos quieren llegar
y, sin embargo,
todos quieren irse
en el momento en el que llegan.

Quizá sea por el olor a polvo que me cubre,
por el viento que va dejando partes de mí
en cada trozo de tierra que piso
y me devuelve incompleta a la orilla,
por el cansancio de mis ojos
que siempre están en otra parte
o, quizá, porque nadie quiere vivir
en un lugar deshabitado.

Nadie quiere estar en una isla desierta
cuando se hace de noche.

martes, 10 de mayo de 2016

Transido de palabras

No me queda mucho más que decirte,
pues esta nube ya arruga mis dedos
por momentos,
salvo que llegó a casa una carta a tu nombre
—fingí tu firma y el cartero, amable,
disimuló mi tristeza—,
que la comida
se acumula pero el hambre no termina,
que no sé qué hacer con tanto ruido
—recuerdo cuando partías
el silencio con tu risa y todo,
entonces, era cuestión de adelantarse—
y que las palabras me duelen,
amor.

No quisiera que pensaras
que no te pienso
porque no te escribo.

Es solo que ahora he de hacer hueco
a tu ausencia en mi refugio,
y no sé si estoy preparada para colocarla
al lado de un poema
que cuente, de algún modo
que no duela tanto,
cómo desapareciste
al abrir los ojos.

Prefiero cerrarlos que ver esta puerta
cerrada
cansada ya de tantos portazos.

lunes, 2 de mayo de 2016

La gota china

Miro las
gotas que caen con vicio por la ventana
cuando llueve y llego a esta casa abandonada
de orillas,
y recuerdo
aquel método de tortura china
que consistía en inmovilizar a un preso
de modo que cayera sobre
su frente —a la fuerza culpable—
una gota de agua fría
cada cinco segundos
—los mismos que tardábamos en besarnos
por las mañanas—,
para abandonarlo después en un cuarto
sin luz,
con el cuerpo sin forma
y el alma hecha pedazos.

Dicen que las víctimas acababan muertas
debido a un cansancio
demente
que terminaba afectando al corazón
provocándoles un paro cardíaco.

Exactamente igual
que el efecto
que tienen nuestros recuerdos
cuando caen
—como esta lluvia del infierno—
gota a gota
sobre mi pecho.